domingo, 8 de abril de 2007

Uvas de Escorpión


Nuevamente he derramado bajo tus pies las uvas de mí querer. Han caído una por una como mis lágrimas cuando te vi en aquel ataúd. Y recuerdo como suavemente depositaste aquellos botones de dulce sobre mis labios causando una nueva brisa en mi atmósfera.


Y aunque sea demasiado tarde, acaricio tus cabellos como aquella primera vez. Aquella vez que nos encontramos sobre la cama de agua santa que elegiste para mí. Eran tan suaves, mágicos y brillantes, como recorrer en tu carruaje la galaxia entera.


Y Tus manos. Tus suaves manos, son las que me envenenaron cuando las posabas sobre mis mejillas para decirme que me amabas, dejandome en el torrente de Poseidón para volver nuevamente a tu marea.


A la marea de tus labios, que de recogimiento llenan mi santuario como vides atrapando el sol. Aquellos labios que siempre me invaden cada vez que las luciérnagas iluminan los campos de tu mirar.


En ese mirar, que me ha acercado a ti; que se recuesta en el purpúreo beso de topacios. Y es allí que observo nuevamente tus ojos, aquellos que me dan alas para volar, para volar sobre el viñedo de tu corazón y aterrizar en el acantilado que me lleva a ti.
Y vuelvo cada vez que los brotes de uva se atañen en tus ojos. Vuelvo cada vez que tu vientre se destapa como el eclipse de primavera y, vuelvo, cada vez que tu velo de hojas pueda cubrirme de miel.
En cambio, cuando anochece es que te siento junto a mi piel, para que reines en ella con los barcos de tus suspiros. Y es, en ese entonces que me has regalado Grecia para que junto a los multicolores faros puedas volver a posarte sobre mis brazos y sentir el palpitar de tu esfera celestial.

Y aunque ya estés descansando en mi lecho de agua, te besaré por siempre, te besaré para enviciarme de ti, te besaré para comer hasta la eternidad aquellas tóxicas uvas de amor. Las Uvas de Escorpión.

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