
Aunque no te has percatado que en tu vino reposa mi sangre, coloco sobre la mesa el rojo Marte que arrojas como empuñadura de Diablo a mi corazón. Y si te has olvidado de mi reflejo en tu copa de cristal, sigo oyendo como bailas el furor del tango que has hecho para otros.
Y si con un paso de revés has logrado volcar mi mundo imaginario, sólo con la navaja que brota de fuego eterno es que logro aún sentir que sigo vivo para ti. Con ella, has rasgado con violencia el torrente de vino que salía de tu cuerpo, y me lo has dado de beber.
Ya no puedo más de esta conspiración. Tu tango me azota contra las tablas de mi cielo y tu vino me embriaga de nostalgia por no tenerte cerca; y si lloro, es porque ya simplemente te amo.
Te amo al ritmo del bandoneón como si fuera nuestro último baile, y aunque quisiese tocar las cuerdas de tu estruendor, sé que no la oirías porque aún suenan en tu alma los descansos del Tango de Ayer.
Rociaré el vino por la habitación de mi respirar para decirte que con él he escrito tu nombre, y aunque pronto pasarás sobre él buscando un nuevo compás. Aquí estaré crucificado dentro de la botella carmesí de tu deseo.
Voltearé esta copa para sentirme libre. Vestiré el fúnebre traje para decirte al ritmo del tango un fulmine adiós. Un adiós, te amo, sin ritmo ni música pondrá fin a mi impaciente espera.
Y aunque mi sangre ya se encuentre incolora porque la has bebido toda, sabré como estrellar este olvido. Un olvido que niego y que desde mi ego puedo decirte que te amo con toda la fuerza que tengo para bailar este último tango.
Tu tango de vino tinto.
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