
Caminando entre los laureles que cubren las espadas de tu cuerpo he llegado por fin a sentarme en el campo de Monjas Blancas para poder acordarme de tu esencia de Marimba.
Y aunque me cuesta imaginar como tus hojas de Ceiba pueden alojarme en los cálidos y tropicales vientos de invierno. Puedo recordar que sigues aquí, aún nadando en tu sudor. Aquél que tu cuerpo expele armonioso de pasión para poder crear el Río Dulce que embriaga mi mente y mi alma.
Pienso en ti, día y noche, y cada vez que lo hago, las plumas del Quetzal caen desde el cielo como las piedras de Quiraguá para poder seguir creando en mi, lleno de atemorizante cariño, la Antigua ciudad que te abrazó, como yo lo hubiese hecho, desde que emprendiste el vuelo al Sur.
Y es acá donde sigues sorprendiendo con tus aromas, colmando de razón, gozo y esplendor los latidos que rugen por mi clamor. El clamor que suena desde mi desesperación, para poder por fin tocarte, sin aprendizaje previo, el corazón.
Pero, trato y trato de poder seguirte, pero me es imposible. Huyes dentro de mi sentir, y corro en tu búsqueda, pero no alcanzo, porque te hundes en lo más profundo de mi inconsciente, un inconsciente que reposa calmo a tu espera, a tus vibraciones y a tu compasión.
Te espero tranquilo y seguro que un día llegarás subiendo los duros peldaños de Tikal, coronando así el sol de mi corazón, para poder ver sentados juntos el selvático ocaso que me ha guiado hasta ti. He llegado por fin a tu espera, recorriendo como viento pasajero el intrépido sur, que reuniendo el rugido de la Patagonia y el silencio del desierto me ha dejado aquí en expectación.
Y aunque el olor de Monjas Blancas me intoxique de tanto respirarte, quiero seguir aquí sentado, junto a la marimba, para algún día alcanzarte en tu buceo de agua dulce, junto a tu negro vestir para poder por fin tocar mis últimos Acordes de Atitlán.
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